Entre las aguas del rio
detenido en el espejo
una anciana juguetea
con una niña
de mirada azul.
Dile que stoy esperando
desde los inicios de alba,
que dispuse mi cuerpo
a su presentida caricia
la avidez de mi oído
a su desconocida palabra,
que mi beso se muere
entre luto de uvas
prisionero del tiempo
y mi voz le ha sufrido
y también mis lenguajes.
Dile que me arrojaron del
reino
condenado a buscarle,
que los caminos se bifurcan
y cuando creo hallarlo,
una flor arrancada a mi paso
me da el sutil veneno de la esperanza
y otras fuerzas animan
mis pies anamorados.
Dile que he soñado
su País irreal
con besos de hambre,
que noche a noche me quedo
mendigo en el umbral de sus jardines,
que el sol de la mañana avergüenza
mis borrachos huesos
y otra vez vencido regreso al monólogo
mi única patria
Y en la penumbra
aún flotan tus palabras
y tu esquivo perfume
sin querer irse
de nuestro cuarto desierto.
Tras la ventana los
pájaros
huérfanos de esa ternura
que de tus manos
desharinabas diariamente;
comensales sin anfritiona
ellos conmigo
notarios del olvido.
Todo ha cambiado
y parece estar como aquel día
a las 6 A.M.
cuando saliste de casa
para no volver.
El amor ese alegre duende
que ayer vivía
danzando
en nuestro jardín
Hoy es mendigo
arrastrándose
entre las flores secas
de sus recuerdos.
La fragilidad del mundo
tras el instante y el vuelo
de una mariposa;
Una cierta tonalidad del firmamento
en la hora que los abuelos llamaban
"Penumbra de la paloma"
La calma de los viejos que regresan
mirando por los ojos de los niños;
Los vagos rostros de las mujeres
que erotizan mis sueños;
La espada y la pared
soportando nuestro peso cotidiano;
Un cuchillo varado entre las yerbas
y quién sabe dónde las manos
de su hacedor;
Una cometa amarilla tras una nube
de infancia
y la camisa blanca de mi primera comunión.
Los lugares extraños donde me llevan
mis pesadillas y quedan noche a noche
aterrados mis perseguidores;
La calavera de una mujer que amé
y el horror de saberla siempre mía.
Sábato acosado por una legión de ciegos;
Los pulpos espantosos que viven
en algún libro de mi niñez;
Un cuento de Horacio Quiroga
donde una serpiente
se hace amar hasta la muerte.
El adiós callado que sin darnos cuenta
decimos a los seres y las cosas;
el espejo negro
que un día de tantos
encontraré al final de mis días
P.D.Una mujer que sueño
esperándome
en Singapur.
Y era una multitud sin
rostro
habitando espejos negros
que me repiten desde siempre.
Supe colores imposibles
por el olor que timbraba
cristales en mi nariz.
Adiviné honduras y formas
de la mujer amada
mis manos digitando geografías
interiores laberintos
¡Ah cuántas veces mi bastón
tocó los techos del cielo!
¡Cuántas veces adiviné
el color de su risa!
Supe que la sangre tenía el color
de la vida
y que los muertos eran fríos
como casas deshabitadas.
Lo que afuera
llamaban amor
invadió mis adentros
de inmortales paisajes.
Y ellos iban
como una caravana de sonámbulos
tanteando la soledad
por mis senderos.
Aquellos que me amaron
estarán
en el ciego laberinto
que tejen los recuerdos
La congregación de los míos
en aquella vieja casa de campo
de inmensas tapias y naranjo en flor
Tantas noches de afecto
en torno a la luz de las velas
historias de espantos
y noches inmensas de estrellas.
Viajarán a Ixtlan
conmigo
aquellos que amé y ya partieron
mi madre con su habitar callado
la primera mujer que con un beso
soltó potros salvajes en mi pecho
La primitiva comunidad que fuimos
Y esta alegre tristeza
de saberme
inasiblemente solo
en la inmensidad del universo.
Ixtlan mi patria
constante
la línea recta sin término
de mis días
el sutil y prodigioso instante
con que la eternidad cargó mi vida.
O como el acto
dejando en oquedad constante
el esplendor
de la palabra
y herida de mordaza
su morada.
Entonces el habitante
silencioso
ve discurrir como el agua
entre sus manos
el poema.